viernes, 6 de junio de 2014

Escrito por Nicte Yuen en , , , , | 7:20 p. m. Sin comentarios
Sofía y el Vampiro

A CONTINUACIÓN LES PRESENTO UNO DE LOS CUENTOS QUE HE ESCRITO SOBRE VAMPIROS, ESTE ES UNO DE MIS FAVORITOS Y ESPERO LES GUSTE. ¡DISFRÚTENLO!


            Durante varios siglos haz vivido solo, resguardado de la humanidad en ese empolvado ataúd. Tomaste el sótano y pintaste las ventanas de negro. Ocultaste la casona, herencia de tus abuelos, en algún punto muerto de la montaña. Los nacientes del nuevo siglo desconocen tu existencia, escuchan tu nombre y hacen referencia a un mito ya desgastado. A ti ni te importa, caminas entre ellos en noches sin luna, sediento. Bebes su sangre cada tres ciclos lunares, prefieres no hacer distinciones y asesinas al primer individuo que se cruza por tu camino; en la mayoría de los casos, viajeros perdidos en la montaña. Pocas veces llegas hasta el pueblo, algún borracho como aperitivo es lo normal.  Regresas renovado, y devoras algún libro bajo el baile mortal de un cabo de vela; sueles tener una reserva grande de ellas, porque gruesos volúmenes de leyendas de tus congéneres acompañan tus soledades. Ya hasta perdiste el recuento de la última centena de gatos que dormían sobre tu ataúd, todos ellos carentes de un nombre, de una identidad. Durante tu última escapada conseguiste uno, pero odia tu ataúd y suele dormir al pie de la escalera.
            Entonces conociste a Sofía. Esa madrugada subiste a la cocina en busca de algo para alimentar a tu felino recién llegado; lo elegiste porque prefieres a los gatos negros de buen porte, y lamentablemente, te salió tan domesticado que ni cazar ratas entra en sus habilidades. Lo escuchaste maullar al pie de tu ataúd desde el atardecer; y no se detuvo, hasta que tuviste a bien abrir la tapa para atender a sus reclamos.
            Lloviznaba desde la noche anterior y no había cesado, el cielo estaba tan cerrado que vivirías un pésimo temporal el resto de la semana o quizá todo el mes. Te percataste que el agua se había filtrado y ya tenías el suelo encharcado. La peor parte era tu biblioteca, porque tenías una docena de goteras y aquel goteo permanente te recordaba a una orquesta mal afinada.Lo detestabas, y te urgía regresar al sótano.
            Cruzaste de mala gana el comedor hasta alcanzar la sala, el gato caminaba entre tus pies, el verdor encendido de sus ojos, era el único punto de luz de aquella casona. Entonces te percataste de su presencia, de pie frente a la única ventana que aún conservaba su vista al exterior.Aquella criatura había descorrido la pesada cortina color avellana,y observaba aquellos árboles azotados por la lluvia que ya arreciaba.
            Mantenía sus delgadísimos dedos enredados a la cortina, te pareció que toda aquella fragilidad temblaba, incluso su vestido floreado llevaba el mismo ritmo que el resto de su cuerpo. Sus rizos dorados permanecían empapados, te pareció evidente que había buscado refugio en tu casona; la noche se anunciaba tan larga y húmeda.
            Te acercarse a ella aturdido, en un vano intento por recordar la última vez que te habías topado con un intruso. Nada. No existía una última ni una primera. Entonces la joven ladeando su cabeza te dirigió, lo que supusiste fue, una mirada eterna.
            -Estoy helándome, quiere alcanzarme una frazada para secarme – te dijo la joven tras cerrar la cortina. Sus ojos violáceos escrutaron tu inexpresivo rostro. La detestaste entonces.
            -No recuerdo tener ninguna, nunca la he necesitado – respondiste mal encarado.
            -No sea usted descortés, no imagina cuanto tiempo he pasado bajo la lluvia, afortunadamente encontré su casa – anduvo la joven de puntitas hasta rozar el sillón para tomar asiento -. Preferí no llamar a la puerta para no importunar su descanso.
            -Tengo que alimentar al gato – murmuraste y te metiste a la cocina a grandes zancadas. Odiaste la expresión insolente de la joven, su carente miedo hacia tu persona.
            La escuchaste subir las escaleras que conducen a las habitaciones principales, sus zapatillas recorrieron el largo pasillo en un par de ocasiones, las puertas se abrieron y cerraron repetidas veces. Incluso identificaste el sonido que produce la llave, al entrar en la cerradura del ropero.
            -¿Y cómo dice que se llama? – te preguntó alargando su mano para acariciar a tu gato. Habrías jurado que aún escuchabas sus zapatillas bajando los escalones.
            La miraste consternado, había envuelto su esbelto cuerpo en una frazada descolorida. Tuviste una visión sobre tu madre, recostada en su cama, en  aquellos interminables días de agonía, envuelta en esa misma frazada.
            -No me agradan las visitas y aún menos cuando nadie aquí las ha invitado… ¡Lárgate! – gritaste mostrando tus colmillos crecientes. Gritaste en un absoluto estado de confusión, aunque claro no quieras aceptarlo.
            -Sofía, mucho gusto, le parece bien si le llamo Señor Vampiro, para que vea usted que le tengo respeto – te sonrió y, se desvaneció tras cruzar la puerta de la cocina.

            Continúo una pesada lluvia el resto de aquel mes, sus amaneceres fueron fríos porque estuvo granizando; pero tú ni te percataste de aquel inclemente clima, metido como te mantienes en tu ataúd. De vez en cuando el gato interrumpía tu descanso. Sólo lo alimentabas cuando no lograbas ignorarlo.
Te quedaste sin libros para acompañar tus soledades y te viste obligado a bajar al pueblo. Aquella noche no tenías apetito; pero no quisiste despreciar a ese vagabundo, que se había quedado dormido en una banca, a medio tapar por una roída manta. Reconociste que tenía un excelente sabor.
            Para cuando regresaste a la casona, la encontraste toda iluminada; las velas estabas encendidas en diversos puntos, bailoteando al compas de las piernas de Sofía. Un viejo vals retumbaba contra las paredes y los cuadros, chocaba en las ventanas y rebotaba en los labios de la joven; quien tarareaba una canción con sus brazos al viento. Te detuviste petrificado a penas cruzaste el umbral, la observaste danzar con el gato contra su pecho. Callaste porque desconocías las palabras adecuadas para ahuyentarla de tu morada. Preferiste ignorarla y bajaste directo al sótano, amontonaste tus recién adquiridos libros en un rincón, para ser leídos en otra circunstancia menos ruidosa.
            -Ya he leído este libro – oíste decir a Sofía tan cerca de tu ataúd, que te asalto un estremecimiento; pero aquel baile aún recorría los pasillos superiores. Podías sentir sus zapatillas danzar sobre tu propia piel.
            -¿Cuándo te irás? – preguntaste en un susurró y cerraste de un golpe la tapa del ataúd.
            -No debería ser tan egoísta Señor Vampiro, usted habita este sótano y el resto de la casa esta demasiado vacía, le vendría bien una presencia femenina, y aún no ha cesado la lluvia. Odio la lluvia, arruina mi cabello, arruina mi vestido.Odio la lluvia ensanchando el cause de los ríos, desbordándolos. La odio y esta casa es tan cálida – Te contestó Sofía recargada sobre el ataúd. Tu gato comenzó a maullar al pie de la escalera – Adoro a ese gato, es una lindura.
            -¡Cállate! – gritaste al tiempo que abrías de nuevo tu ataúd. El gato maullaba al pie de la escalera, maullaba con aquel lastimero quejido que denotaba un hambre voraz. La presencia de Sofía ya se había escurrido.

            Aún no se cumplía el ciclo lunar, sin embargo estabas tan sediento que bajaste hasta el pueblo aquella primera noche, asesinaste a dos borrachos y a una joven pareja de amantes. Para cuando te metiste en el ataúd no había disminuido la sed, una endemoniada necesidad de más y más sangre te mantenía al límite de tus propios instintos. Te descubriste matando a cuatro o cinco cada noche de aquella semana, los arrojaste al barranco, observaste sus cuerpos vacíos despedazarse contra las rocas. Sonriente regresaste, pero la sed continuaba aumentando.
            Despertaste cuando la tormenta estaba en su punto más álgido. La ansiedad de beber sangre te impulso escaleras arriba, en tu trayecto te topaste con el gato acurrucado junto a una lámpara en desuso. Le sonreíste, pero fue más una mueca de amargura que otra cosa.  Estiraste tu mano para acariciar su lomo carbón apagado, entonces percibiste los dedos de Sofía rozar tu cuello.
            -Aléjate – quisiste decirle, pero aquella palabra se quedo estancada en tu mente - La tormenta… ¿Le temes a la tormenta? – preguntaste casi sin darte cuenta de ello.
            -El rió se salió de su cause, llovió tanto que el río creció y creció y llovió tanto más que crecióhasta llevarse casas enteras. El río se salió de su cause y yo no sabía nadar… Papá prometió enseñarme a nadar cuando llegará el verano, pero llovió tanto antes del verano… No sabía nadar y el río me arrastro y…y… - Sofía no te sostuvo la mirada y sus ojos violáceos fueron una aguada.

            -Deberías secarte, mírate ese vestido – dijiste extendiendo la mano a lo intangible – Vamos, me parece que tengo guardada otra frazada. 
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