sábado, 7 de septiembre de 2013

Capítulo 5    "Cuello"





Rodrigo Caballes "El Lince" se despertó antes de que la luz de la mañana se filtrara por las acículas de los pinos. En su mente sonó la oración que lo acompañaría hasta el día de su muerte; "agárralas por el cuello". El Lince, a sus 45 años de edad, era un experto rompe cuellos. 

Su madre, Consuelo Caballes, le hizo romper su primer cuello de gallina cuando él solo tenía cinco años. Desde entonces, como fotografía que se repite todos los días, una gallina retuerce sus últimas gotas de vida entre los dedos de un Rodrigo que se crió alabando a la muerte que le daba de comer. 

La muerte, era la novia del Lince; se le metía entre las ropas cuando se limpiaba la sangre de las manos, le susurraba palabras románticas justo antes de que el cuello de la víctima tronara, le acariciaba zonas que lo hacían vibrar cuando la víctima luchaba por su vida. La muerte era la novia del Lince, y llevaban una relación que se extendía mas allá de la gallina sacrificada para el desayuno. 

Horas después del amanecer, cuando el lince ya se había sentado a desayunar su caldo de gallina con verduras. Escuchó que alguien se acercaba, con la torpeza de las vacas en el prado, escuchó las pisadas que rodeaban la casa hasta posicionarse cerca de la ventana que él tenía enfrente. Mientras rompía huesos de gallina entre los dientes, su novia se presentó en forma de una carta que entregó Mariel, una joven pelirroja hija de uno de los cultivadores de papas. Le dejó la carta en el alfeizar de la ventana. La chica, tocó con fuerza la madera, que se podría lentamente, e hizo un mínimo contacto visual con el Lince. 

Él la vio marcharse, su cabello de cobre marcando su caminar, y entre sus dientes reventó otro hueso de pollo. Leyó la carta, mientras se quitaba las fibras musculares atrapadas entre sus muelas usando una astilla de hueso.

En la carta, el alcalde en persona pedía intervención del Lince en un asunto de delicadísima importancia. No siguió leyendo las palabras de alguien que nunca había roto un cuello en su vida, de alguien que jamás había matado a su comida, de alguien quien no hubiera besado a la muerte; se enfocó en la fotografía adjunta, en un círculo rojo se mostraba la víctima. Examino a la persona que pronto tendría entre las manos. Salió de su casa sin cerrar nada, sin siquiera lavar su plato al cual se le comzaba a secar la grasa en los bordes.

Avanzó hacía su camioneta destartalada, que se movía apenas por el mismo impulso de muerte que hacía del Lince la persona que era.


"Agarralas por el cuello" pensó, antes de encender el motor. 

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