miércoles, 18 de junio de 2014

Escrito por Nicte Yuen en , , | 6:29 p. m. Sin comentarios

En está ocasión les presentó un cuento que escribí para mi clase de psicología del personaje, y aunque ya hace un año que lo hice, sigue siendo uno de mis favoritos, espero les guste.

Crónica de un explosivo anunciado

El día que lo iban a matar, Santiago Nasar
se levantó a las 5:30 de la mañana.
Crónica de una muerte anunciada.
Gabriel García Márquez


El cuerpo del hombre aquel, cuya identidad desconocía, estaba abandonado sobre el asfalto, recostado en su propia sangre; la cual aún escurría de las múltiples heridas, causadas por una recién comprada lámpara de noche. Había guardado la nota en su cartera, doscientos pesos. Ésta se aferraba ensangrentada a la mano izquierda, o la mano izquierda se aferrada conmocionada a la lámpara de noche recién comprada. Uno, dos, tres, cuatro, cinco golpes directo a la parte posterior de la cabeza, habían dejado inservible la base  metálica de la misma. Miraba catatónico al hombre, su rostro salpicado con la sangre del asesinado, viajaba sorprendido, de la cabeza destrozada al abdomen, del abdomen a los brazos y de los brazos a las piernas, encontrando un cuerpo cubierto de golpes y heridas, por cuyos espacios la sangre lo escandalizaba. Observaba incrédulo aquella cabeza impactada contra esa parada oficial de camiones, sangre…Observaba aterrado aquellos brazos sobre letras y líneas amarillas, sangre…Observaba avergonzado aquel abdomen, donde había acabado enterrado el terminado en acero inoxidable de su lámpara, sangre…Observaba culpable, culpable, culpable, setenta veces siete culpable al hombre carente de vida; ahí, con sus ojos negros absolutamente abiertos, mirándole vacíos, muertos.
-Lo maté – se dijo a si mismo sin atreverse a soltar la lámpara asesina – lo maté… Cierra tus malnacidos ojos y deja de cuestionarme, si, lo hice, lo hice, pero… - dejó caer la lámpara contra el cuerpo del sujeto, retrocedió, se llevó ambas manos a la frente, limpiando el sudor que le escurría, bajándolas hasta el cuello, limpiando una y otra vez el sudor que le escurría. Retrocedió tambaleante, giró sobre si mismo buscando testigos, nadie, la calle estaba sumida en un silencio acusador. Retrocedió, dio media vuelta y echó a correr calle abajo. Corrió las siguientes diez cuadras que conectaban aquella calle con la avenida que lo conducía todos los días del trabajo a su casa. Corrió sobre la avenida aquella hasta quedar exhausto. Corrió aún más allá de sus propias fuerzas, impulsadas sus piernas por la culpabilidad que trastornaba sus sentidos, impulsadas por los reproches que circulaban en alguna esquina de su cerebro.
-Necesitaba tomar el taxi, realmente me urgía tomar el taxi, y ese idiota, que se quiere subir antes que yo y ganármelo…Cabrón, fui yo quien le hizo la parada al taxista, yo tenía que tomar el taxi, yo y no él, yo maldita sea, yo y no él – decía con las primeras lloviznas de aquella noche, cayéndole sobre su cara manchada de sangre –Maldito aprovechado… yo le hago la parada y tú te subes y te vas. Tenía ya más de veinte minutos esperando, cabrón aprovechado, pensabas que te ibas a subir a mi taxi e irte a tu casa, y yo me iba a quedar como pendejo hasta quien sabe que horas. No, no cabrón.  Pero… - se detuvo respirando agitado, la lluvia había arreciado – Maté a ese tipo que quería subirse al taxi cuando le pedí la parada…Soy un…un asesino.
Encontró las llaves de su casa, al fondo del bolsillo delantero de su pantalón, ya las había buscado antes en los bolsillos traseros, y pateado mientras tanto el cubrepolvos de la puerta. Los focos estaban encendidos al interior de su vivienda, las ventanas estaban corridas y las cortinas amarradas. Miró su celular y comprobó que pasaban de las doce de la noche. El televisor funcionaba, el conductor daba noticias deportivas, sin embargo, no alcanza a divisar ninguna silueta sentada en los sillones, ni su mujer, ni sus hijos. Abrió, la puerta se azotó contra la pared manchada de sangre vieja. Un nuevo silencio embargaba la casa, desde el umbral hasta el patio, donde su pastor alemán no había ladrado. Caminó echándole un vistazo a todo aquel vacío. Subió las escaleras que llevan a las habitaciones, el cuarto de su hijo mayor estaba abierto, las puertas del closet mostraban un total vacío, igualito al resto de los otros  roperos y burós.  Continuó directo hasta su propio cuarto, la cama matrimonial estaba tendida, su mujer no estaba, ni ella ni su ropa mi alguna de sus pertenencias. Entró al baño, tomó el jabón y lavó sus manos al menos en tres ocasiones, le quedó aquella sensación desconocida, de sentirse la sangre del hombre, que había muerto a golpes de lámpara recién comprada.  
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