sábado, 9 de noviembre de 2013


Capítulo 12
En medio de la Oscuridad”


Abrí los ojos, una punzada en la parte baja de mi espalda comenzaba a expandirse hacia mi cuello y mis hombros; me llevé ambas manos hacia el centro mismo de aquel dolor, frotando en repetidas ocasiones, en un intento por auto curarme. Delante de mí aún permanecía aquel barranco, el barranco y la inmensidad contenida en su interior; el verde de los pinos, los nubarrones que acariciaban aquel monstruo rocoso, el viento helado que alcanzaba a filtrarse hasta el interior de mi camioneta, y el tiempo que parecía haberse quedado suspendido indefinidamente. Tenía miedo… Volvía aquel temor, insistente, justo como lo había experimentado con mayor intensidad las últimas horas.  Me aferré al volante, como si mi vida dependiera de ello; había comenzado a sudar, a sentir escalofríos recorriéndome el cuerpo. ¿Cómo me había puesto en semejante situación? ¡Maldito GPS! ¡Maldito celular! ¡Maldito pueblo al cual no podía llegar! ¿Cómo había pensado que visitar Tlacotalpan era la mejor idea? Quizá los secretos al igual que los difuntos debían quedarse enterrados… Quizá debía regresar a casa y fingir que había tenido una pesadilla, que nada era real.  Pero no, no sería yo misma si actuara de esa forma; como lo hacen los cobardes, quienes prefieren moverse a través de la ignorancia. Yo no soy ninguna cobarde, nunca lo he sido y no empezaré a serlo a estas alturas. Y aunque el miedo me invadía, quería saber. Últimamente  estaba actuando más por instinto que reflexivamente; ahí estaba yo intentando desenterrar difuntos. La palabra sacrilegio vino a mi mente. Tenía un presentimiento, una corazonada que estaba gritándome que Tlacotalpan era el guardián de todos los secretos que rodeaban mi existencia.
Intenté manejar en reversa, salir de aquel bache en que tan estúpidamente había caído. Nada, la camioneta no me respondía. ¿Era la camioneta que no quería avanzar o era yo quien me rehusaba? Volví a echarle un vistazo al GPS, con una súplica en mis labios: por favor, reacciona, dime cómo demonios salgo de aquí, cómo llegó a Tlacotalpan, cómo maldita sea, cómo.   Las punzadas en mi espalda comenzaron a intensificarse, al tiempo que mi cuello y mis hombros parecían endurecerse hasta alcanzar la dureza de las rocas. No me sentía bien, y para colmo había comenzado a ocultarse el sol, dentro de unos minutos mi camioneta y yo quedaríamos sumidos en la oscuridad, con la esplendida compañía del barranco y la inmensidad en su interior.
Bajé de la camioneta, revisé una a una las llantas, en la cajuela traía una de repuesto, por si sufría una ponchadura, justamente la había comprado una semana antes de tomar la decisión de engañar a mi padre con este asunto del viaje a Mazamitla con mis “amigos”, si claro, mis “amigos”. Sin embargo, ¿de qué sirve una llanta cuando las cuatro han sufrido daños?  Una abrupta sensación de soledad me golpeó el pecho, obligándome a contener el aliento. Había llegado el momento de buscar ayuda, porque sin señal para usar mi celular, sin el GPS, sin la camioneta y sin pizca de orientación, estaba complicado que llegará algún día a Tlacotalpan. ¡No se pueden desenterrar los difuntos sin al menos una pala con la cual cavar!
Caminé un par de metros sobre la carretera, el viento helado me envolvía con su abrazo, justo como la noche que emergía por el horizonte. El dolor en mi espalda me obligaba a moverme con más lentitud; pero era el miedo quien me empujaba a continuar avanzando.  


 AQUÍ LES DEJAMOS UN CAPÍTULO MÁS DE NUESTRA NOVELETA, ESPERAMOS QUE CONTINÚEN DISFRUTÁNDOLA TANTO COMO NOSOTROS LO HACEMOS AL ESCRIBIRLA. SUS COMENTARIOS SON BIEN RECIBIDOS, NO DUDEN EN COMPARTIR SU OPINIÓN. 









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