domingo, 17 de noviembre de 2013

Escrito por Karla Medrano en , | 12:36 p. m. Sin comentarios
Capitulo "oscuros"

        


En la oscuridad no se veía nada, los carros no pasaban, la gente parecía un mito en ese tramo de carretera, y el frío, el frío era el constante recordatorio de la soledad, del miedo que sentía, estaba allí sin llegar a ningún lugar, sin comunicación, ¿qué pasaría?, ¿debía quedarme allí? ¿Debía esperar?

Tenía hambre, y los pensamientos del rostro de mí papa se alojaban en mi cabeza, dónde estaría, ¿estaría pensando en mi? ¿En qué le había mentido? Estaba sola, atrapada en un retrato interno y externo que reflejaba mi situación verdadera, aún rodeada de un mar de gente.

El reloj de mi celular sin señal marcaba las dos de la mañana, no me atrevía a desempañar con mi suéter el vidrio del carro, en mi cabeza la idea de que algo allá afuera me estaba asechando no perdía el sentido, algo estaba allí, la presencia de algo afuera me recorría cada partícula de la espalda, y yo, echa bola en el asiento, sólo atinaba a pensar en papá, a repetirme que me tranquilizara, que alguien tenía que pasar tarde o temprano y darme auxilio.

Ya había sacado todo de las maletas, todo cuya calidez de mi cuerpo lograra aumentar, aún así el frío era tremendo, y en el silencio consecuencia de un radio sin señal, había frío también, ¿qué lugar era Tlacocoltpan? ¿Qué tan apartado de la civilización estaba? 

***

Cuando amaneció, las prendas, los suéteres que me abrigaban estaban regados por todo el asiento del carro,  yo en algún momento de mis lamentos había decidido quedarme dormida y dejar de pensar en todo lo que me aterrorizaba, la oscuridad había decidido hacer lo mismo y dejarme tranquila por un rato.

Cuando abrí la puerta del carro una brisa helada me llenó, encima de la camioneta había una capa de hielo, y una sola cosa mantenía con la sensación de la noche: el lugar estaba vacío, aún no parecía que un alma se fuera a aparecer por allí, a lo menos un alarma viva.

Con mejor luz, el lugar no se veía tan aterrorizante, había un alta montaña, y al otro extremo de la carretera un árbol, jamás había visto un árbol tan inmenso, quizá para darle la vuelta fueran necesarios 20 brazos, el árbol era ese tipo de cosas que imponen, que sabes que no puedes tocar, de esas cosas que posen magia propia, porque el simple hecho de estar allí año tras años, viendo como civilización tras civilización moría, ya lo hacía un vencedor.

Ajena a todo lo que pensaba, cuando menos imagine ya estaba a pocos pasos de su tronco, o sabía que árbol era, parecía un roble, pero no estaba segura de sí los robles se dieran en la sierra, mi mano estaba extendida, quería tocar el musgo que adornaba su tronco, y cuando lo hice, la oscuridad de la noche anterior o me inundo, como si se hubiera apagado el sol con el sólo oprimir algún interruptor.

Algo me oprimía el pecho, como el dolor de una pérdida,  como una nostalgia, de esas que no se apagan ni con un mar entero, escuché una voz, una voz musical, bella, pero sobretodo triste y apagada, me recordó a la voz de mi madre, la voz decía, despacio, deteniendo las sílabas, pero siempre apagada, siempre con una ligera capa de hielo, similar a la que había visto en la camioneta, "Regresa", la palabra suplicante, "regresa", jamás había escuchado tantos sentimientos en una sola voz, "regresa" imploraba una y otra vez ¿de quién era esa voz? ¿De dónde provenía?

De pronto, sacándome del letargo en el que esa voz me tenía, una mano apoyada en mi espalda me trajo a la realidad.

-¿Qué haces aquí? - el rostro del tipo que yo pensé había muerto estaba allí, su voz no reía como siempre, sus ojos estaban en silencio, estaba como horrorizado de verme, yo recordé como dejó de sorprenderme encontrarlo en cada lugar al que iba, como si me siguiera, pero allí en medio de la nada, su rostro en vez de darme paz me horrorizó.

-Tu...  -balbuceé- Tu estas muerto...
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