sábado, 12 de octubre de 2013

Escrito por Nicte Yuen en , , | 6:03 p. m. Sin comentarios

CAPÍTULO 8

CONTINUACIÓN…



El celular parecía tener vida propia, como si se agitara en agónicas vibraciones a punto de expirar; podía sentir sus bordes metalizados por encima de la mezclilla, con la cual estaba fabricado mi bolso. Podía sentirlo ahí dentro, guardado en la pequeña bolsa con cierre y forro boleado; podía sentirlo llamándome, como un poseso, insistente, demasiado insistente. Cerré los ojos y dejé que el sol crepuscular pintara en tonos rojizos mi rostro. Recargué mi cabeza contra el cristal de la ventanilla del autobús, evadiéndome. Ansiaba que ese día llegara a su fin, quizá lo necesitaba más de lo que pensaba en aquellos momentos, medio adormilada en el constante frenar y arrancar del camión.
            Tenía miedo, no sabía exactamente debido a qué, pero no podía seguir negándomelo; era un miedo creciente, como la luna en el cielo de aquellos últimos días del año, creciente entre la luz y la oscuridad, cubierta de frío y neblina. Uno de esos miedos que las personas envuelven en presentimientos.
            ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A qué le temo? Demasiadas preguntas, porque a últimas fechas, mi existencia parecía destina a ese constante torbellino de interrogantes. Un torbellino que un día había pasado frente a mi casa, arrastrándome al corazón mismo de su furia, arrancado trozo a trozo la cómoda piel que revestía mi existencia. No tenía otra salida, hacerme de una nueva piel, una libre de semejantes cuestionamientos.
            Cuando llegué a casa corrí hasta mi habitación, debí subir las escaleras de tres en tres y apresurar mis pasos a través del corredor. Apenas cerré la puerta saqué el celular, lo deposité sobre mi tocador, bajo la sombra de mi propio reflejo. Desde el cuarto de mi papá me llegaban las noticias de las ocho, la voz que noche tras noche presagiaba terribles males para el país, como si uno necesitara que revelara semejantes estupideces.
            -¡Hazlo! – le dije a mi reflejo - ¡Mira esa foto! ¡Con un carajo, hazlo ya!
            Las manos me temblaban con la misma fuerza que mis brazos y mis piernas. Jalé aire hasta mis pulmones, llenándome de un aire helado, soltando un suspiro. Mis dedos se movieron sobre la pantalla del celular, procuré no pensar, solo dejarme llevar guiada por mi instinto. La foto apareció ante mis ojos… No, aquello no era una pesadilla, no dormía ni soñaba… Ahí estaban las placas. Me derrumbé entonces sobre el colchón,  sin atreverme a soltar el celular con la condenada fotografía llenando la pantalla.
            -¡Hazlo! – le repetí a mi reflejo aún en la ovalada forma del espejo de mi habitación - ¡Necesitas saber quién es el dueño de esa vieja pick up! ¡Acéptalo, lo necesitas son urgencia!
            Lo supe en aquel momento, no había marcha atrás, ni siquiera con aquel miedo creciente invadiéndome el cuerpo.
No dormí, y tampoco intenté hacerlo, porque sabía que sería inútil. En mi mente reviví una y otra y una docena de veces más la misma escena, como si estuviera buscando algún detalle, algo que se me hubiera pasado detectar; después tomé una libreta y anoté algunas palabras sueltas: Tlacotalpan, alas de libélula, mamá, muerte, asesinato, pasado, sombra, por último escribí de arriba hacia abajo las placas de la camioneta.    




AQUÍ LES DEJAMOS UN POCO MÁS DE ESTA HISTORIA ESCRITA CON TODA NUESTRA PASIÓN POR LAS LETRAS, ESPERAMOS LA DISFRUTEN.




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