sábado, 17 de agosto de 2013

Escrito por Nicte Yuen en , , | 7:19 p. m. Sin comentarios

CAPÍTULO 2




CONTINUACIÓN...




Los recuerdos golpearon el rostro de Julio mientras estaba absorto en el olor a coníferas viejas; aquel rostro cubierto de oscuridad, de madrugada, de frío y firmamento. Quiso desviar la mirada, alejarla de aquel cuerpo que se precipitaba a la muerte, quiso pero no pudo. Ahí estaba Ana, mirando el arcoiris que se había formado tras la llovizna, con su vestido formal  color caqui y su sonrisa de niña; parada sobre una pierna paraguas en mano, toda ella empapada y tiritante. Él  estaba observando desde la esquina contraria, fingiendo esperar el autobus de las seis, abotonando su chaqueta y pasándose las manos por el cabello cubierto de gotas de lluvia. 
            Te amo Ana.
            Un poco más, otra y otra vez, la misma frase, la última, ese te amo con sabor a jamás. Quiso desviar la mirada, sin embargo, el barranco y la inmensidad en el, eran un todo ante sus ojos. Ana cayendo, desvaneciéndose, agigantándose, continuando su descenso a las entrañas de la noche; la misma Ana con un por qué en los labios. 
         Jaló aire, lo sostuvo mientras el por qué le reventaba en los oídos, filtrándose hasta las entrañas mismas de su cuerpo paralizado en el borde. Inhalo y exhalo un par de veces, necesitaba desacelerar  las palpitaciones de su corazón, controlar el temblor de sus manos y la voz de Ana exigiendo una razón al tiempo que caía. No quería escuchar, no quería responder, no podía hacerlo, no debía. 
              Te amo Ana.
              Ahí estaba ella, con el mismo color caqui cubriendo su cuerpo, con ese pantalón que le ajustaba a las piernas, y ese saco de enormes botones dorados. El cabello caía sobre su frente en desordenados mechones, como si intentara juguetear con sus pestañas o secar sus lágrimas. Ahí estaba él, fingiendo esperar el autobus de las seis en la misma esquina, con las mismas personas que salían fastidiadas de sus oficinas; mientras la mirada, casi siempre perdida de Ana, le arrebataba el aliento. 
            Inclinó todo el peso de su cuerpo hacia adelante, la oscuridad arremolinada al fondo del barranco; entonces Julio observó, de inmediato cerró los ojos, no podía soportar. Sangre sobre las rocas, sobre el cabello de Ana, sobre su piel, sobre aquella hora que marcaba el reloj.  En un acto reflejo se llevo ambas manos a la cabeza, había comenzado a hiperventilar.
             

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