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sábado, 3 de mayo de 2014

Escrito por axlmar en , | 4:10 a. m. Sin comentarios


Las alas de la libélula
Capítulo 22.Ana




Camino de un lado para otro, he confirmado lo que sucede con Sofía, ¿cuánto tiempo podré permanecer allí? Ella está allí mirándome con esos dulces ojos, pero que se son mi sentencia de muerte, y como los amo, los odio.

Tendré que irme, lo sé, no quiero pensar en ello, me levanto en las noches, no puedo dormir, ¿cuánto tiempo se puede vivir sin dormir? Creo que leí en algún lado que no se puede durar más de diez días seguidos sin hacerlo antes de volverse loco. ¿Estaré loca ya? Tal vez toda mi vida lo he estado…

La cuna de Sofía está a mi lado, la miro, una y otra vez, en medio de la luz de la luna es más evidente el cambio, puedo verlas, siguen creciendo, las mías parecen más débiles, eso me había dicho la abuela, no puede haber dos. No es que sea como un panal de abejas, donde sólo una reina puede existir, sólo es eso, las alas toman el poder de otras alas. En algún momento seré inservible, eso quiere decir sólo una cosa….

Miro por las ventanas en todo momento, Richard me ve con esa preocupación pintada en el rostro, quisiera que no fuera así, pero nada puedo hacer para evitar mi estado, me siento nerviosa, puedo sentir los ojos de todos sobre mí, ¿es eso la paranoia? No he visto a nadie del pueblo, espero que así continúe.

No puedo decirle a Richard, él no sabe lo que ocurre, si se lo digo, será el primero en llevarse a Sofía lejos de mí, y aunque sé que eso sería lo más prudente no puedo, no quiero permitírselo, quiero disfrutar hasta el último momento que tenga a su lado.

Oigo latir su corazón, eso quiere decir que se hace más fuerte, en los últimos tres días se ha hecho más poderosa y yo me he debilitado, ayer que fui al mercado vi una camioneta extraña, puedo presentir que son ellos, ¿y si son? Tal vez con las pocas fuerzas que me quedan logre despistarlos.

Sirvo la cena, será el último día con mi familia, veo a Richard y quiero llorar, han sido unos años maravillosos, me hizo olvidar por un tiempo ese destino cruel con el que alguna vez fui marcada, todos lo veían como una bendición, pero desde un principio supe que era más una maldición. Y por hacerme olvidar que estoy maldita, quiero llorar de agradecimiento, quiero decirle lo feliz que me hizo, pero si doy cualquier indicio de lo que haré, él podría darse cuenta, y si lo hace, podría detenerme, una palabra suya y flaquearé, así que tengo que ser fuerte, tengo que serlo por Sofía.

Terminamos de cenar, y voy a dormir a la bebé, la sostengo en mis brazos, la beso, no volveré a verla después de esa noche ¿me recordará cuando tenga mi edad? ¿sabrá del sacrificio que haré por ella? ¿Richard le cultivará amor hacia mí o la hará odiarme? Las preguntas inundan mis pensamientos y unas lágrimas recorren mis mejillas.

Salgo de su habitación y me voy hacía la recámara que comparto con Richard, allí está él, leyendo un libro bajo la luz de la lámpara de la mesa de noche. Yo no me detengo, voy hasta el baño, veo mi reflejo, la imagen que me devuelve el espejo no me agrada, he perdido mucho peso, la piel se pega casi a los huesos, parezco enferma, tantos días sin dormir y sin comer me han dejado en esas condiciones. Quería disfrutar una última noche con mi esposo, pero me siento sumamente débil, no creo tampoco que a él le agrade una mujer que se ve así. Otras lágrimas vuelven a surcar mi cara, en está ocasión son amargas.
Cuando regreso al cuarto veo a Richard que se ha quedado dormido con el libro sobre su pecho, lo pongo en la mesilla, y me acuesto a su lado, no puedo conciliar el sueño, lo veo como su respiración es pausada y tranquilizante, me da un poco de envidia la calma que está dibujada en su semblante, sonrío, lo miro durante largo rato y vuelvo a llorar, es mi despedida, no volveré a verlo, mi vida allí se ha acabado, y ahora lo que quiero es protegerlos, a él, a mi hija, a mi Sofía, ella sabrá entenderlo, al menos eso quiero creer.

Me levanto de la cama, trato de no hacer ruido, salgo de allí y voy a ver a Sofía una vez más antes de irme. Igual a su padre, la tranquilidad se posa sobre ella.

–¡Adiós! –murmuro.

Salgo de la casa, y camino dos cuadras, llego al parque pensando hacia dónde ir, me siento unos minutos pero después decido irme de allí, camino nuevamente, primero lento, pero entonces veo la camioneta, trato de correr… no servirá de nada lo sé, lo presiento, al salir de mi casa he sellado mi destino… quiero escapar, pero siento como alguien me sujeta… ¡Adiós Sofía!

jueves, 6 de febrero de 2014

La hora del té

Dentro de los parámetros de humor que existen dentro de la comedia y la parodia, el británico (me atrevo a encajonarlo de esa manera) es uno de los más sofisticados de todos. Solo me basta recordar los episodios de Mr. Bean (Rowan Atkinson)  para que una sonrisa acuda a mi rostro, y quien no ha visto o platicado las decenas de chistes cínicos que Dr. House (Hugh Laurie) dijo durante todas las temporadas de la serie (si, la serie es norteamericana, pero creo que sin este actor británico no sería para nada lo mismo).  



Pero no solo la televisión cuenta con obras altamente cargadas con este tipo de humor; la literatura también cuenta con varias obras en este contexto (una escrita por el propio Hugh Laurie). 

Si a la mezcla de cinismo, retórica y lenguaje corporal, que compone este tipo de humor, se le agrega la llegada del anticristo; tenemos como resultado el libro "Buenos presagios". 


Las buenas y acertadas profecías de Agnes Nutter


De acuerdo al libro escrito por esta profeta del siglo XVII el mundo terminará un sábado, justo antes de la cena. La mayoría de los seres humanos, buenos, malos y todos aquellos que caben en una escala de gris, no lo saben, pues el único libro cuyas profecías son acertadas, fue un fracaso en ventas. 




El argumento de esta historia comienza cuando un ángel (Aziraphale) y un demonio (Crowley) se dan cuenta que esto del Apocalipsis no es una buena idea después de todo y deciden sabotear el día del juicio final. 

Grandes personajes bíblicos hacen su aparición a lo largo de está narrativa, ángeles, demonios, los jinetes del día final, el sabueso del infierno, monjas satánicas que solo lo son durante el horario laboral y, por supuesto, el propio anticristo. 

En el libro rojo se ha destacado una frase; "condición humana". Buenos presagios es un libro que se burla altamente de la condición humana de todos los personajes (sean místicos o humanos o perros infernales o jinetes del Apocalipsis) y eso lo hace único.  


Los autores


En plural. Neil Gaiman y Terry Pratchett son los autores de está cómica visión del final de los tiempos. Ambos son prolíficos escritores, siendo Neil Gaiman el más accesible (en cuanto a stock de libros) en nuestro país. Gaiman se destaca en sus historias por la fantasía, el manejo de personajes peculiares y sus historias poco ortodoxas. Quizá recuerden una de sus obras llevada al cine, Coraline. Terry Pratchett por otro lado, escribe de manera irreverente, satírica y constante. Su más grande saga (mundo disco) cuenta con alrededor de 40 libros y sigue en aumento. 


Terry Pratchett (izq) y Neil Gaiman.

Según relatan los propios autores, no recuerdan el momento exacto cuando empezaron a trabajar en esta obra. Se dio de manera tan natural y poco organizada, que al final no sabían con exactitud que parte había escrito cada uno. Sea esto una verdad o una historia para ensalzar la novela, lo realmente importante es que estos dos grandes se unieron para entregarnos uno de los libros más ingeniosos acerca del día del juicio. 


Como la mayoría de las obras de ambos autores. Es difícil encontrarla en español (en formato físico), sin embargo en internet se puede conseguir fácilmente el PDF. 


Aquí un link: https://app.box.com/shared/143vblex7v



lunes, 3 de febrero de 2014

Escrito por Unknown en , , | 10:23 a. m. Sin comentarios
 Salir de la rutina.

Sabía lo que pasaba. Lo sabía todos los días cuando me levantaba y había una puerta cerrada. Hacia ya mucho desde mi viaje a Tlacocoltpan, hacia mucho desde que había estado afuera.

A veces me confundía, no sabía si la que estaba encerrada era yo misma, yo con mi miedo y mis recuerdos de las manos de alguien asfixiandome, o si alguien más se empeñaba en mantenerme dentro, también había veces en que la idea de que alguien me manipulaba cabía dentro de mis pensamientos.

Mis días eran fáciles. Desayunar, leer un poco y dormir un mucho, siempre lo mismo una y otra vez, por las noche la sensación de haber olvidado algo me inundaba y no se iba aún en la mañana.

Mi papá venía a visitarme diario a mi cuarto, me preguntaba si estaba bien, si necesitaba algo de afuera. La respuesta siempre era no. A veces la pregunta de que pasaba con él también me inundaba, pero poco a poco dejó de importarme. Sabía que jamás podría contarle lo que había pasado, que sería algo que jamás nadie me creía.

Mi instinto de curiosidad había disminuido, ya no iba al cuarto donde guardábamos las cosas de mamá, ya no googleaba "Tlacocoltpan" a cada ocasión, incluso hubo momentos en los que pensé que lo mejor hubiera sido no involucrarme en el pasado que por alguna razón estaba tan enterrado.

Pero el pasado me alcanzó, como todo tiende a hacerlo conmigo. Esa caja empolvada estaba sobre mi cama, disimuladamente, como sise tratase de otro cojín más. Yo no sabía sí abrirla o regresarla. La caja fue un giro en mi rutinario día, cuando decidí abrirla, sentí un profundo olor a pino, y ese olor me perturbó, ese olor me hizo taparme los ojos un minuto y apretar el edredón de mi cuarto para recordarme que estaba allí.

Adentró sólo había un pequeño libro con tapas verde olivo, era un diario. Dudé de leerlo, mi estado de ánimo se había limitado a descansar, a no permitir que nada que lo alterara entrara dentro. El diario se quedo unos minutos, quito en mis manos, yo sentía que respiraba, que tenía vida: era el diario de Ana.

       


1993, Julio.

Hoy hablé con la abuela, sé que es una locura, pero su voz me gritaba desde la orilla del baño. La misma voz arrugada que yo recordaba, la abuela era una estela apenas visible, pero era ella a pesar de sus mucho años de muerta.

Me dijo que me había estado observando, que había cometido error tras error, y que Sofía era uno de ellos, yo sabía que tenían razón, pero era algo que ya no podía solucionar.

Hace días que no dejo la cama, que sigo pensando en el "porque a mi" de toda la vida, porque tuve que ser yo la que tuviera este don, esta maldición. 

La abuela dijo que Sofía también las tiene, que apenas son perceptibles, pero la alas de la libélula están allí, creciendo como una luz gradual, un día será más largas que las mías, y cuando eso pase... Yo ya estaré muerta, quizá en ese momento también ella lo estará.




martes, 24 de diciembre de 2013

Escrito por Nicte G Yuen en , , , | 5:16 p. m. Sin comentarios
La Leyenda del Gran Eclipse


En la orilla del Mundo, allá donde el norte y el sur se cruzaban, habitaban dos jóvenes mujeres, sus cuerpos eran los últimos rincones donde la magia aún existía: pura, pacífica y luminosa.
La primera de ella era Agatha, quien tenía la dualidad atrapada en su cuerpo. Vestía de medianoche, con pálidas estrellas bordadas a su piel y platinados cabellos, que desordenados le caían sobre sus caderas. Sus ojos azul profundo eran una media luna; la más bella de las lunas, ahí, dispuestas a mostrarle la maleza sobre la cual caminaba siempre de puntas, como si apenas rozaran sus pies aquel verdor acariciado por las primeras horas del día. Parecía la joven un trozo de noche, vagabundo por las orillas desiertas de la mañana. Cuando caía la noche, y los grillos interpretaban serenatas lunares; Agatha se vestía de claridad. Su piel se tornaba dorada como las arenas bañadas por las olas, su cabello antes platinado adquiría un tono carmín, sus ojos se amielaban en una circunferencia perfecta. Echaba a andar, exhausta, por los senderos que van de norte a sur, hasta encontrar su casa en el cruce de dichos puntos cardinales. Y mientras dormía, su cuerpo rodeado de almohadones, irradiaba luminosidad entre las sombras propias de la madrugada.
           La segunda, una joven pelirroja, nacida durante la primera luna del año del Dragón, se llamaba Chisty, ella tenía un abismo dentro de su ombligo, podía tocarlo y sentirlo cuando lo acariciaba con sus dedos. Sabía que en su interior había una profundidad desconocida, inexplorada, incluso por ella misma. A veces, cuando se despertaba agitada en las oscuras horas de los sueños, percibía las vibraciones que se gestaban en aquel abismo, desde ahí se escapaban ruidos, murmullos, respiraciones y exhalaciones; las cuales le imposibilitaban volver a conciliar el sueño. Su piel rugosa de cálidos tonos, sufría constantes temblores; principalmente temblores nocturnos. Le venía un acceso de suspiros y sin poder contenerlo, la piel que le cubría el cuerpo de los pies a la cabeza, se agitaba con violencia. Tras esto, el silencio parecía filtrarse entre los poros de su piel y derramarse hasta el fondo del abismo. La calma se presentaba poco después, una calma dulzona.
Un día de principios de mes, aquel mes considerado por los termómetros el más frío de los doce; sobrevino el Gran Eclipse. Las manecillas de todos los relojes de aquella región, marcaron con exactitud las trece horas, cuando en lo alto del cielo libre de nubes, la luna oculto al sol. La oscuridad invadió hasta los rincones más inhóspitos, y por supuesto, también se hizo presente en casa de Agatha. La joven asomó su cabeza por la ventaba orientada al sur, sus cabellos plateados comenzaron a tornarse rojizos, plateados, rojizos; algunos quedaron plateados otros rojizos. Lo mismo ocurrió con sus pupilas, con su piel, en todo cuando ella era. Cerró la ventada y desató las cortinas, temerosa y sin poder contener el temblor de sus manos. Se dejó caer sobre el sillón de su casa. Un grito proveniente de los vientos del norte, alcanzó a colarse hasta el interior de su casa, era el grito de una mujer.
            Ayúdenme, parecía chillar una ráfaga ventosa contra la ventana.
            Todavía con los ojos cerrados y el temblor expendiéndose al resto de su dualidad, Agatha sentía como la oscuridad se filtraba, a manera de humo espeso, hasta las más insignificantes grietas.  Hubiera preferido no salir bajo aquellas condiciones; pero la insistencia de aquella ráfaga ventosa, que traía hasta su casa, una lejana voz de mujer, le provocó abandonar, mucho más que el sillón sobre el cual se encontraba sentada, y salir al encuentro de la luna y el sol. Fue así, como tras controlar el temblor generalizado que ya le invadía todo su cuerpo, logró abrir la puerta.
            Los ojos de Agatha quedaron cegados ante aquel negro dominante, y de pronto sintió que se asfixiaba, que el aire no alcanzaba a llegarle a los pulmones, inhalaba con fuerza, pero parecía no ser suficiente. Su cuerpo tembloroso le provocaba inseguridad, temía tropezar y caer de un momento a otro. Respiró entonces con lentitud, mientras en su mente visualizaba el terreno sobre el cual estaba parada, y que debido al Gran Eclipse le era imposible reconocer.
         Por favor, necesito ayuda. La voz llegó hasta ella aún más tenue, casi imperceptible; apenas un susurro que bien podía confundirse con la potencia del viento contra las ramas de los árboles.
            -¿Pero hacia dónde debo ir? – se preguntó tras hincarse sobre aquella húmeda maleza. Depositó luego sus manos contra el suelo, mirando la redondez de la luna cubriendo la circunferencia del sol.
            La oscuridad continuó.
            -¿Me escuchas? Yo a ti si puedo oírte… ¡Dime dónde estás! – comenzó a vociferar Agatha con la misma desesperación con la cual se arrastraba sobre la maleza.
            El cantó de las aves, de los grillos; las hojas al ser arrancadas de sus ramas, la ferocidad del viento contra los árboles; el aullido de los lobos sobre las colinas, el lamento de las fieras; la cascada, el descenso del río. Semejante avalancha de sonidos ensordecían a la joven, quien en su intentó por escuchar una vez más aquella voz, atendía hasta el más leve roce.
            Por favor, no puedo moverme, lo intento pero no logro moverme, ayuda.
            -¿Dónde estás? ¿Me escuchas? ¿Dónde estás? – gritó Agatha incorporándose.
            Detrás de la cascada, por favor ven, no me dejes aquí.
            Agatha conocía a ojos cerrados el camino hasta el río, era su lugar preferido en las noches donde buscarles nombre a las constelaciones, representaba el único medio para serenar sus impulsos.  Exhaló de su cuerpo sus temblores y  su desesperación, lo hizo al tiempo que el aire ingresaba a sus pulmones, mientras lo soltaba por la boca.
            Caminó ávida por alcanzar la orilla del río, para poder entonces ascender hasta la caída de la cascada. Había escuchado, por boca de algunos viajeros que se detenían  a la puerta de su casa, para solicitar agua antes de continuar su travesía; que un poco más allá, algunas casas poblaban un valle, sobre el cual luces violáceas resplandecían en el cielo al morir la tarde. Seguramente, pensó Agatha, allí vivía la dueña de aquella voz que con tanta insistencia solicitaba auxilio. Sin embargo, ella misma no se sentía del todo bien. Desde la caída de la oscuridad, la dualidad propia de su ser, había comenzado a dolerle, no conocía la raíz de aquello; pero hasta la planta del pie era sensible al roce de la húmeda maleza.  Por eso su andar era lento, por eso se detenía para frotarse los brazos y entrar en calor, por eso jadeaba como si llevara sobre los hombros un enorme peso.
            No creo soportar más, por favor, no me dejes aquí. Escuchó por última vez, justo cuando iba cruzando frente a la caída de la cascada. Y aquella voz se volvió silencio. Agatha la llamó en vano, grito y alzó su voz; no obtuvo respuesta. Hizo un último esfuerzo, obligando a sus pies a correr hacia el valle aquel donde habitaban esas casas, acerca  de las cuales, los viajeros mencionaban  las más bellas descripciones. Apretaba su mandíbula para mantener el dolor en el límite  de sus fuerzas. 
            Cuando la cascada quedó a sus espaldas, alcanzó a divisar el valle, bordeado por esbeltas coníferas. Sin embargo, las pocas casas que aún se alzaban ahí, se encontraban totalmente en ruinas. La mayoría de las paredes estaban incompletas, puertas y ventanas carcomidas, entelarañados sus rincones, sumidos en la oscuridad, el silencio y el frío.
            -He llegado tarde…demasiado – murmuró Agatha derrumbándose en el umbral de una de aquellas ruinas.
            Sollozó con la redondez de la luna cubriendo aún la circunferencia del sol.
            Un cálido y brillante fluido, de aspecto incorpóreo, parecía emanar  por debajo de la rendija de la última casa de aquel valle. En un primer momento, Agatha simplemente lo sintió; después, tras sondear la zona, localizó el lugar exacto. Al entrar, el cuerpo tendido sobre el piso de madera, le lleno la visión. Del ombligo de la joven se derramaba semejante fluido, tan cálido, tan brillante.
            La dualidad atrapada en el cuerpo de Agatha, avanzó hasta la joven, se hincó junto a ella, llorosa ante la inmovilidad. Sus dedos acariciaron aquel fluido, estoy aquí, le dijo. La magia dormida en el abismo al interior del ombligo de Chisty, la magia vibrante en la  dualidad de Agatha: pura, pacifica, luminosa; se mezclaron, tornándose un torrente que fluyó hacia el cielo.
El movimiento de la luna comenzó a mostrar fragmentos del sol. El Gran Eclipse se desvaneció en el instante mismo en que la mirada de ambas jóvenes se cruzaron por primera vez.    
-No soy la única, en ti también habita la magia – dijo Chisty  apretando la pequeña mano de Agatha entre las suyas.



ESPERO QUE ESTE CUENTO SEA DE SU AGRADO, ES UNA DE MIS HISTORIAS FAVORITAS, DISFRUTE MUCHO ESCRIBIÉNDOLO. AUNQUE NO TIENE MUCHO QUE VER CON ESTAS FECHAS NAVIDEÑAS, LO CONSIDERO UN CUENTO LLENO DE MAGIA Y ESPERANZA. SUS COMENTARIOS AL RESPECTO SON SIEMPRE BIENVENIDOS.

¡FELIZ NAVIDAD 2013!












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