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lunes, 3 de febrero de 2014

Escrito por Unknown en , , | 10:23 a. m. Sin comentarios
 Salir de la rutina.

Sabía lo que pasaba. Lo sabía todos los días cuando me levantaba y había una puerta cerrada. Hacia ya mucho desde mi viaje a Tlacocoltpan, hacia mucho desde que había estado afuera.

A veces me confundía, no sabía si la que estaba encerrada era yo misma, yo con mi miedo y mis recuerdos de las manos de alguien asfixiandome, o si alguien más se empeñaba en mantenerme dentro, también había veces en que la idea de que alguien me manipulaba cabía dentro de mis pensamientos.

Mis días eran fáciles. Desayunar, leer un poco y dormir un mucho, siempre lo mismo una y otra vez, por las noche la sensación de haber olvidado algo me inundaba y no se iba aún en la mañana.

Mi papá venía a visitarme diario a mi cuarto, me preguntaba si estaba bien, si necesitaba algo de afuera. La respuesta siempre era no. A veces la pregunta de que pasaba con él también me inundaba, pero poco a poco dejó de importarme. Sabía que jamás podría contarle lo que había pasado, que sería algo que jamás nadie me creía.

Mi instinto de curiosidad había disminuido, ya no iba al cuarto donde guardábamos las cosas de mamá, ya no googleaba "Tlacocoltpan" a cada ocasión, incluso hubo momentos en los que pensé que lo mejor hubiera sido no involucrarme en el pasado que por alguna razón estaba tan enterrado.

Pero el pasado me alcanzó, como todo tiende a hacerlo conmigo. Esa caja empolvada estaba sobre mi cama, disimuladamente, como sise tratase de otro cojín más. Yo no sabía sí abrirla o regresarla. La caja fue un giro en mi rutinario día, cuando decidí abrirla, sentí un profundo olor a pino, y ese olor me perturbó, ese olor me hizo taparme los ojos un minuto y apretar el edredón de mi cuarto para recordarme que estaba allí.

Adentró sólo había un pequeño libro con tapas verde olivo, era un diario. Dudé de leerlo, mi estado de ánimo se había limitado a descansar, a no permitir que nada que lo alterara entrara dentro. El diario se quedo unos minutos, quito en mis manos, yo sentía que respiraba, que tenía vida: era el diario de Ana.

       


1993, Julio.

Hoy hablé con la abuela, sé que es una locura, pero su voz me gritaba desde la orilla del baño. La misma voz arrugada que yo recordaba, la abuela era una estela apenas visible, pero era ella a pesar de sus mucho años de muerta.

Me dijo que me había estado observando, que había cometido error tras error, y que Sofía era uno de ellos, yo sabía que tenían razón, pero era algo que ya no podía solucionar.

Hace días que no dejo la cama, que sigo pensando en el "porque a mi" de toda la vida, porque tuve que ser yo la que tuviera este don, esta maldición. 

La abuela dijo que Sofía también las tiene, que apenas son perceptibles, pero la alas de la libélula están allí, creciendo como una luz gradual, un día será más largas que las mías, y cuando eso pase... Yo ya estaré muerta, quizá en ese momento también ella lo estará.




lunes, 16 de diciembre de 2013

Escrito por Unknown en , , | 2:55 p. m. Sin comentarios
   Frío


         


Despertar quizá no fue lo más sorprendente, quizá eso sólo fue lo más difícil... Destino, destino, destino me repetía y aún con la sensación de esa fuerza asfixiante en mi cuello, destinó una vez más... ¿Mi destino era este?, las cosas aún eran difusas en mi mente, ¿dónde estaba? ¿Muerta?, todo era blanco, frío como sí fuera nieve, o quizá un congelador... De mi codo brotaba sangre a paso lento, pero de un carmesí grueso, de un carmesí profundo. ¿Dónde estaba?

Cuando me puse de pie me sentí nada, quizá la muerte era eso era nada, la respuesta estaba allí, la muerte era eso, era caminar y no percatarse del peso de nada, era no cerrar los ojos, era estar allí, hecha un nudo de sensaciones que no te mueven ni tantito ¿la muerte era eso? La muerte no dolía; muy al contrario me dejaba respirar.

Escuche una voz, una que no sabía de donde venía yo aún estaba en ese frío congelador, "Está muerta", decía una voz anciana. ¿Yo estaba muerta?, pensé en papá, en su silueta sola en esa casa enorme.

No sentí tristeza... No había nada.

-Sofía, no te muevas -escuche una voz musical, una voz dulce de mujer, también era una voz anciana.

Comencé de pronto a sentir de nuevo, como si algo se activara, como si un botón se hubiera encendido, y de un instante a otro allí estaba mi rostro viendo el bosque, aún hacia frío y el sol estaba en su cúspide, ¿qué había pasado?, ¿en dónde había estado?, ¿no había muerto?...

Cuento sentí que el paisaje dejaba de moverse en mi mente, me puse de pie, sangraba del codo y de el cuello también, mire el suelo, junto donde mi sangre se había derramado comenzaba a brotar pasto, a una velocidad visible, sentí miedo.

"Sofía, tienes que salir de aquí" escuché esa vos suave de nuevo "Ve derecho" decía como sí estuviese ida esa voz, sin ningún sentimiento en ella.

Hice lo que escuché, corrí con todas mis fuerza derecho, y allí estaba, la camioneta esperándome al pie de la carretera, también estaba ese árbol que vi cuando recién llegué, ese árbol que sabía no debía de tocar.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Escrito por Danz en , , | 5:27 a. m. Sin comentarios
Capítulo 15 "Aplasta, mezcla, quema... repite" 


Imagen de Devianart; Yggdrasil por Fulgurer. 



El hombre que estaba muerto volvió a morir. Una lluvia de libélulas cayó sobre él. Rompieron su ligera existencia de papel en miles de trozos, su carne se esparció por el suelo de cenizas, como una hojarasca llena de melancolía. Mi cuello dolía y aspiré el sabor de la tierra quemada. El centenar de libélulas hicieron el sonido seco de las gotas de lluvia, se posaron y comenzaron a subirse unas sobre de otras. Los montículos azules crecieron al ritmo de mi respiración de ceniza. Entonces, el sonido de las alas rompiéndose, el cascarón que es la piel de los insectos estalló y la masilla que fueron sus diminutos órganos comenzó a formar un cuerpo diferente. De todos los montículos nacieron niñas, decenas de niñas. Desnudas, diminutas, sus ojos brillaron como estrellas en ese cielo que era el piso negro y todas me miraron. 

- Sofía - dijeron apuntándome - La última. 

Una niña, de las más cercanas a donde yo estaba, se acercó con lentitud. Sus dedos infantiles me acariciaron el cuello y ella me dio un beso en la frente. Yo estaba sentada en el piso y ella tuvo que pararse de puntillas para colocar sus labios en mi piel. 

- Sofía, mi niña - Dijo mientras acariciaba las lágrimas que caían sobre mis mejillas - Sofía, la última - todas las niñas repitieron eso. Sus voces eran el aleteo de las libélulas. 

- ¿Ana? - Pregunté a la niña que no podía reconocer como mi madre, pero sí como la protagonista de tantas fotografías de cuando mi mamá era niña. 

Sonrió. Invitó a las demás niñas a que se reunieran con nosotras. Todas ellas, tan pequeñas, sus ojos tan brillantes. 

- ¿Estoy soñando? - Pregunté llena de inercia. 

- Sofía no sueña, Sofía está muriendo - Dijo una pequeña que tenía cara de llamarse Valeria. Todas repitieron en un murmullo lo último. La que se parecía a las fotos de mi madre de chica, se acercó y me tomo de la mano. 

- Sofía tiene que ir al árbol de la vida para despertar del sueño de muerte. 

- ¿De qué están hablando? - Repuse dándome cuenta de que las conocía a todas ellas, a todas esas niñas que en mi vida había visto. 

- Sofía está muriendo - Repitieron a coro. - Debe ir al árbol de la vida y despertar de este sueño de muerte. 

Ana sostuvo mi mano mientras, una a una, las niñas me dieron un beso en la mejilla y me decían idénticas: "Sofía, la última"; cuando lo hacían comenzaron a convertirse en cenizas que caían en silencio. Ana fue la última en acercarse. 

- Sofía, la última. Mi niña, no repitas. Sé la última - Me dio un beso en la mejilla - y antes de desaparecer señaló a la distancia. Reconocí el árbol enorme, aquel donde había perdido el conocimiento, Ana se convirtió en cenizas. 

- ¡Mamá! ¡Mamá! No te mueras, necesito tu ayuda - grité mientras la niña se juntaba con el suelo quemado. 

Escuché un sonido detrás de mi. La piel despedazada por la lluvia de libélulas comenzó a juntarse, a formar un rompecabezas y al ver que crecía más alto que la estatura de las niñas, pensé que sería Ana, mamá adulta, la Ana que me arrebataron. Entonces de las cenizas, la voz de la que sí era mi madre resonó en el páramo quemado. 

- Sofía, mi niña. Corre 

El rompecabezas se completó. Era el hombre y supe, que si me atrapaba, moriría. 

Corrí. 






domingo, 17 de noviembre de 2013

Escrito por Unknown en , | 12:36 p. m. Sin comentarios
Capitulo "oscuros"

        


En la oscuridad no se veía nada, los carros no pasaban, la gente parecía un mito en ese tramo de carretera, y el frío, el frío era el constante recordatorio de la soledad, del miedo que sentía, estaba allí sin llegar a ningún lugar, sin comunicación, ¿qué pasaría?, ¿debía quedarme allí? ¿Debía esperar?

Tenía hambre, y los pensamientos del rostro de mí papa se alojaban en mi cabeza, dónde estaría, ¿estaría pensando en mi? ¿En qué le había mentido? Estaba sola, atrapada en un retrato interno y externo que reflejaba mi situación verdadera, aún rodeada de un mar de gente.

El reloj de mi celular sin señal marcaba las dos de la mañana, no me atrevía a desempañar con mi suéter el vidrio del carro, en mi cabeza la idea de que algo allá afuera me estaba asechando no perdía el sentido, algo estaba allí, la presencia de algo afuera me recorría cada partícula de la espalda, y yo, echa bola en el asiento, sólo atinaba a pensar en papá, a repetirme que me tranquilizara, que alguien tenía que pasar tarde o temprano y darme auxilio.

Ya había sacado todo de las maletas, todo cuya calidez de mi cuerpo lograra aumentar, aún así el frío era tremendo, y en el silencio consecuencia de un radio sin señal, había frío también, ¿qué lugar era Tlacocoltpan? ¿Qué tan apartado de la civilización estaba? 

***

Cuando amaneció, las prendas, los suéteres que me abrigaban estaban regados por todo el asiento del carro,  yo en algún momento de mis lamentos había decidido quedarme dormida y dejar de pensar en todo lo que me aterrorizaba, la oscuridad había decidido hacer lo mismo y dejarme tranquila por un rato.

Cuando abrí la puerta del carro una brisa helada me llenó, encima de la camioneta había una capa de hielo, y una sola cosa mantenía con la sensación de la noche: el lugar estaba vacío, aún no parecía que un alma se fuera a aparecer por allí, a lo menos un alarma viva.

Con mejor luz, el lugar no se veía tan aterrorizante, había un alta montaña, y al otro extremo de la carretera un árbol, jamás había visto un árbol tan inmenso, quizá para darle la vuelta fueran necesarios 20 brazos, el árbol era ese tipo de cosas que imponen, que sabes que no puedes tocar, de esas cosas que posen magia propia, porque el simple hecho de estar allí año tras años, viendo como civilización tras civilización moría, ya lo hacía un vencedor.

Ajena a todo lo que pensaba, cuando menos imagine ya estaba a pocos pasos de su tronco, o sabía que árbol era, parecía un roble, pero no estaba segura de sí los robles se dieran en la sierra, mi mano estaba extendida, quería tocar el musgo que adornaba su tronco, y cuando lo hice, la oscuridad de la noche anterior o me inundo, como si se hubiera apagado el sol con el sólo oprimir algún interruptor.

Algo me oprimía el pecho, como el dolor de una pérdida,  como una nostalgia, de esas que no se apagan ni con un mar entero, escuché una voz, una voz musical, bella, pero sobretodo triste y apagada, me recordó a la voz de mi madre, la voz decía, despacio, deteniendo las sílabas, pero siempre apagada, siempre con una ligera capa de hielo, similar a la que había visto en la camioneta, "Regresa", la palabra suplicante, "regresa", jamás había escuchado tantos sentimientos en una sola voz, "regresa" imploraba una y otra vez ¿de quién era esa voz? ¿De dónde provenía?

De pronto, sacándome del letargo en el que esa voz me tenía, una mano apoyada en mi espalda me trajo a la realidad.

-¿Qué haces aquí? - el rostro del tipo que yo pensé había muerto estaba allí, su voz no reía como siempre, sus ojos estaban en silencio, estaba como horrorizado de verme, yo recordé como dejó de sorprenderme encontrarlo en cada lugar al que iba, como si me siguiera, pero allí en medio de la nada, su rostro en vez de darme paz me horrorizó.

-Tu...  -balbuceé- Tu estas muerto...

sábado, 9 de noviembre de 2013


Capítulo 12
En medio de la Oscuridad”


Abrí los ojos, una punzada en la parte baja de mi espalda comenzaba a expandirse hacia mi cuello y mis hombros; me llevé ambas manos hacia el centro mismo de aquel dolor, frotando en repetidas ocasiones, en un intento por auto curarme. Delante de mí aún permanecía aquel barranco, el barranco y la inmensidad contenida en su interior; el verde de los pinos, los nubarrones que acariciaban aquel monstruo rocoso, el viento helado que alcanzaba a filtrarse hasta el interior de mi camioneta, y el tiempo que parecía haberse quedado suspendido indefinidamente. Tenía miedo… Volvía aquel temor, insistente, justo como lo había experimentado con mayor intensidad las últimas horas.  Me aferré al volante, como si mi vida dependiera de ello; había comenzado a sudar, a sentir escalofríos recorriéndome el cuerpo. ¿Cómo me había puesto en semejante situación? ¡Maldito GPS! ¡Maldito celular! ¡Maldito pueblo al cual no podía llegar! ¿Cómo había pensado que visitar Tlacotalpan era la mejor idea? Quizá los secretos al igual que los difuntos debían quedarse enterrados… Quizá debía regresar a casa y fingir que había tenido una pesadilla, que nada era real.  Pero no, no sería yo misma si actuara de esa forma; como lo hacen los cobardes, quienes prefieren moverse a través de la ignorancia. Yo no soy ninguna cobarde, nunca lo he sido y no empezaré a serlo a estas alturas. Y aunque el miedo me invadía, quería saber. Últimamente  estaba actuando más por instinto que reflexivamente; ahí estaba yo intentando desenterrar difuntos. La palabra sacrilegio vino a mi mente. Tenía un presentimiento, una corazonada que estaba gritándome que Tlacotalpan era el guardián de todos los secretos que rodeaban mi existencia.
Intenté manejar en reversa, salir de aquel bache en que tan estúpidamente había caído. Nada, la camioneta no me respondía. ¿Era la camioneta que no quería avanzar o era yo quien me rehusaba? Volví a echarle un vistazo al GPS, con una súplica en mis labios: por favor, reacciona, dime cómo demonios salgo de aquí, cómo llegó a Tlacotalpan, cómo maldita sea, cómo.   Las punzadas en mi espalda comenzaron a intensificarse, al tiempo que mi cuello y mis hombros parecían endurecerse hasta alcanzar la dureza de las rocas. No me sentía bien, y para colmo había comenzado a ocultarse el sol, dentro de unos minutos mi camioneta y yo quedaríamos sumidos en la oscuridad, con la esplendida compañía del barranco y la inmensidad en su interior.
Bajé de la camioneta, revisé una a una las llantas, en la cajuela traía una de repuesto, por si sufría una ponchadura, justamente la había comprado una semana antes de tomar la decisión de engañar a mi padre con este asunto del viaje a Mazamitla con mis “amigos”, si claro, mis “amigos”. Sin embargo, ¿de qué sirve una llanta cuando las cuatro han sufrido daños?  Una abrupta sensación de soledad me golpeó el pecho, obligándome a contener el aliento. Había llegado el momento de buscar ayuda, porque sin señal para usar mi celular, sin el GPS, sin la camioneta y sin pizca de orientación, estaba complicado que llegará algún día a Tlacotalpan. ¡No se pueden desenterrar los difuntos sin al menos una pala con la cual cavar!
Caminé un par de metros sobre la carretera, el viento helado me envolvía con su abrazo, justo como la noche que emergía por el horizonte. El dolor en mi espalda me obligaba a moverme con más lentitud; pero era el miedo quien me empujaba a continuar avanzando.  


 AQUÍ LES DEJAMOS UN CAPÍTULO MÁS DE NUESTRA NOVELETA, ESPERAMOS QUE CONTINÚEN DISFRUTÁNDOLA TANTO COMO NOSOTROS LO HACEMOS AL ESCRIBIRLA. SUS COMENTARIOS SON BIEN RECIBIDOS, NO DUDEN EN COMPARTIR SU OPINIÓN. 









domingo, 3 de noviembre de 2013

Capítulo 11 "Tú"



Foto de http://elcuadernodemibitacora.blogspot.mx/


- ¡Mariana! - se escuchó el grito de una niña entre las sombras de la madrugada. De su boca salía vapor, el ambiente estaba helado y ella corría hacia una cabaña en medio del bosque de pinos - ¡Mariana!

Mariana se desperezó entre sus cobijas de lana. Estaba envuelta como capullo, segura y cálida dentro de su cama. Estiró los brazos y las piernas, el vaho de su bostezo creo la sensación de que dentro de la niña había un líquido caliente. 

- ¿Qué quieres? - gritó mariana, poniéndose los zapatos. Afuera se escuchó como corrían a acercarse a la cabaña, los pasos tronaban las ramitas dispersas por la tierra. Una cara se asomó por la ventana. 

- ¡Hoy es el día! Apresúrate o llegaremos tarde - La niña golpeó los maderos en señal de apuración. 

- ¿Ya amaneció? - intentó quitarse las heladas lagañas. 

- ¡Serás tonta! Claro que no. Ándale que si llegamos tarde nos van a castigar.


Mariana y su amiga caminaron el trayecto agarradas de la mano. Entre las sombras de los árboles y la humedad lacerante, sus cuerpos se perdían entre su plática infantil y la oscuridad del bosque. La amiga habló, su voz resonó como el chillido de un cachorro de lobo. 

- Toda la noche cantaron enfrente a las fogatas. Dicen que todo el pueblo irá. 

- No todos pueden ir - replicó Mariana. 

- Tienen que ir. Además, vengo de espiar a los adultos en el prado y estaban casi todos. Vi a los Gutierrez, a los Anaya, aunque faltaba el que es profesor de español, Mauricio creo que se llama. También estaban los Gonzalez y esa familia que no tiene apellido. 

- Ya cállate. Ye entendí que van todos. 

- ¿No estás emocionada?

Mariana se detuvo de pronto y su amiga tuvo que frenar en seco. La luna se filtraba en el fondo del bosque, como ausente, su luz acariciaba solo el borde de los pinos y le daba a sus hojas el perfil de agujas. Mariana respiró agitada el vapor de sus entrañas. Sentía como el frío se le metía por los poros de su piel, acariciaba en interior de su nariz y se arrastraba como lagartija debajo de su garganta. En el silencio se escuchaban ya las voces de los adultos, estaban cerca del prado. 

- ¿Y si me eligen a mi? - dijo Mariana casi sin voz. 

- ¡Qué emoción! Serás la princesa del pueblo, la reina del bosque. 

Mariana jaloneó a su amiga, se dirigieron al prado, en silencio total. 



La luz del sol se filtraba entre los cientos de agujas de pino. Los adultos estaban cantando cada vez con más fuerza, y uno, daba saltos extraños en torno a una selecto grupo de niñas. Entre ellas Mariana y su amiga veían como el adulto que bailaba de manera tan extraña, mantenía unidas sus manos haciendo "casita" como ocultando algo. Mariana observó, ya con algo de luz, a todos los que estaban en rededor. Parecía todo el pueblo, inclusive el niño extraño que le encantaba romper cuellos de gallinas estaba allí. Los cantos cesaron de pronto y el hombre que bailaba habló. 

- Niñas... sepárense - Lo hicieron, cada una a un metro de distancia, salpicadas por el prado. 

El hombre se hincó y las niñas no supieron si el tronido que hizo al hacerlo, vino de sus huesos cansados o del bosque. El hombre abrió las manos y reveló una libélula enorme de color azul zafiro. El insecto batió las alas y se acarició los ojos. Voló en rededor de las niñas que sintieron el escrutador análisis de la libélula. De repente se posó en la cara de la amiga de Mariana. El hombre sonrió, extasiado. 

- ¡Niña, niña! ven acércate. - La amiga de Mariana era una sonrisa de alas y patas azul de piedra preciosa. - Niña, dile a la libélula tu nombre, díselo y tuyo será el don. 

La amiga de Mariana se sentó en el piso, sobre sus talones. Puso sus manos en actitud de recibir algo, la libélula se posó allí y se miraron; insecto y niña en una comunión que solo el bosque pudo llegar a entender en su totalidad. Entonces la pequeña se acercó al insecto a la boca, y como si un secreto se tratara le dijo. 

- Me llamo Ana.




domingo, 27 de octubre de 2013



Las alas de la libélula
Capítulo 10.Viaje



Iba a camino a Tlacocotlpan, mientras manejaba por la carretera cubierta de un verde húmedo, pensaba en que había sido muy oportuno el viaje de mis “amigos” a Mazamitla, ellos me habían invitado, pero yo había declinado la tan efusiva invitación, ellos me pedían muchas veces que los acompañara, lo hacían, a veces con demasiada insistencia. 

“Es que si vas con nosotros, todo nos irá bien”… me decían, como si con decirme eso pudieran convencerme mucho más fácil, lo que no sabían es que eso era contraproducente, ya que tenía un efecto desagradable para mí.

Lo Odiaba, odiaba eso, odiaba ese continúo acercamiento hacia mi persona. ¿Por qué se me acercaban? ¿acaso era porque todo salía bien? ¿acaso era yo algún tipo de amuleto de la suerte? A diferencia de lo que los demás podrían pensar, yo creía que no era así, ¿de qué otra manera podía explicarme el estar sola y nunca haber tan siquiera recibido un beso? Así sucedía, las mujeres se me acercaban, muchas con un objetivo en específico, Sí… todas parecía obtener novios estando cerca de mí, pero yo… yo siempre había permanecido sola. Y tanta cercanía de parte de todas ellas me hacía sentirme un poco usada. Los hombres… ellos me buscaban para también obtener novias, o porque decían que estando cerca de mí conseguían mejores calificaciones, mejores empleos, mejores tratos con sus padres. Pero ninguno de ellos parecía tener intención romántica conmigo. Eso lo odiaba aún más… en parte porque me hacía pensar en cuantos de todos esos que me seguían tenía esa misma sensación. Cuando eso pasaba, casi podía imaginar a mis “amigas” diciendo “inviten a Sofía, así todo saldrá bien” o un “hay que hacerse amiga a Sofía, si lo haces la fortuna te favorecerá” ¡Rayos!, eso sonaba a infomercial de medianoche, como si yo fuera algún tipo de producto para comprar.

Suspiré, tal vez no era sólo los “amigos”, los vecinos y demás personas que se acercaban a mi padre, que por cierto en los últimos años habían ido en crescendo, yo no quería creer así, pero lo más seguro es que pensaran de la misma manera. Era raro, no que no me hubiera dado cuenta nunca antes de esa situación, pero ahora hacía mella en mí, a pesar de tener tantos “amigos”, me sentía sola, tan sola como alguien en medio de una multitud podía sentirse. Y en ese momento en que necesitaba de alguna mano amiga, de alguien que me auxiliara, la soledad había quedado palpable, esa gente quería sacar algo de mí y yo no podía sacar ni siquiera simpatía, toda la situación era triste, era desolador… esa era mi vida.

Por eso no me había sentido culpable al ponerlos como coartada delante de mi padre, y había tomado todas las precauciones para que mi padre no sospechara. Fui lo suficientemente cuidadosa para no dejar huellas en el sótano. Sólo en caso de que a él se le ocurriera revisar por allí, sabía que él no bajaba allí por obvias razones, la sola memoria de mi madre parecía pesar más que una roca sobre su cabeza, prefería escuchar las palabras de la abuela, y mantener las falsas sonrisas con los vecinos que afrontar esa realidad que él suponía yo desconocía.

Tal vez por mucho tiempo logró mantenerme con mentiras, con esa verdad a medias, con ese eufemismo de realidad, para que yo mantuviera un recuerdo falso, un origen digno de una chica perseguida como faro en medio de una noche tormentosa, de alguien que era “la representación viva de la buena fortuna”, a alguien que más bien era merecedora de la más profunda conmiseración.

Manejaba, envuelta en todos esos pensamientos, por esa carretera repleta de curvas, de giros y ese bosque que parecía meterse por los ojos para no querer salir más. Rogando a mis adentros no haber perdido el camino que me llevaría a aquel pueblo, a aquel lugar en el que estaba registrada las placas de la camioneta que había pegado y escapado. De esa camioneta a nombre de ella, de la que por nombre era mi madre. Llevaba ese pensamiento arrastrando a lo largo del camino “tal vez ella estaba viva”, todo podía esperar, tantas mentiras, tantas verdades a medias, tantos secretos…

Conduje, diez kilómetros más en medio de la espesura verde que cubría en forma de arco la única vía que llevaba a ese pueblo, que parecía tan alejado como la presencia de mi madre en mi vida.

Según mi GPS ya estaba dentro del pueblo, lo cual era estúpido, ya que no había ningún pueblo allí, sólo la carretera que seguía y seguía. Me detuve un momento a la orilla, a unos centímetros del barranco que se extendía en vertical por más de un kilómetro. Miré mi teléfono celular, la señal se había extraviado, comprendí que el navegador no funcionara tampoco, en aquel barranco cerca de la cima de aquella montaña parecía no llegaba servicio satelital o de ningún otro. Pensé varios segundos si continuar por el camino que ya había tomado o en si regresarme.

Delante de mí tenía la incertidumbre, pero quizá si era ese amuleto de buena suerte que todos clamaba lograría encontrarme con la realidad, atrás sólo quedaba ese saco lleno de mentiras, de falsedades, suspiré, la decisión era fácil, pero aun así ese temor me trepo por las piernas y se instaló cerca de mi corazón haciéndolo palpitar más aprisa de lo normal. Subí de nuevo a la camioneta, pensando en los pasos a seguir una vez que entrara al pueblo.

Iba tan ensimismada en mis pensamientos que no vi ese bache a mitad del camino, un golpe una pequeña explosión que enseguida asocié con una de las llanta, un rechinido del freno y el resto de las llantas, la visión de la barranca delante de mí, el cinturón de seguridad comprimiéndome contra el asiento, y mis manos aferrándose al volante. Algo menos de un segundo pasó, sintiendo esa parálisis en mi cuerpo lo que me hizo pensar que quizá jamás llegaría a mi destino

lunes, 21 de octubre de 2013

Continuación...



Nunca había visto la muerte, más sin embargo siempre la sentí cerca. Esa tarde, cuando el cuerpo del hombre que yo juraba me seguía, rodó, la sentí más que lejos que de costumbre, ¿acaso caminaba con ella todos los días? Mi vida estaba plagada de muerte, que irónico, en ese momento, en el que corrí para no ver el cuerpo sin vida, me sentí más vida, ¿a qué grado había llegado la monotonía de mi vida? ¿estaba vida? ¿por qué ese tipo de cosas, ese tipo de adrenalina me gustaba? ¿sería porque es mejor eso que sentirme como un vegetal?

No había podido dormir, cuando mi papá vino en la mañana no abrí la puerta, me quedé en la regadera un buen rato, y después desnuda en la orilla de la cama pensando que tenía que mirar la foto de las placas.  Nada tenía sentido en la lógica que había conocido hasta este entonces, pero dentro de mí, sentía que todo lo tenía, que esas placas que me encontraba googleando, que ese sujeto que me seguía a todas partes, y el atentado que sufrió no eran simples coincidencias.

¿Quién era Ana? ¿quién era la mujer que me había parido? ¿cómo se relacionaba ella que estaba tan muerta con esas personas? ¿por qué mi papá no sabía nada? La búsqueda finalizó, los resultados en la pantalla aparecieron ante mi vista.
Algo me golpeo el pecho, quizá la impresión, o quizá el aire que de pronto había entrado hicieron que la piel se me pusiera chinita, pero no, yo sabía que el orden de las palabras en el ordenador eran lo que me habían erizado la piel, ese carro, el carro que había arrollado a el sujeto.

Las letras estaban claras, el número de placas correspondían a un ciudadano, uno que ya no estaba en la faz de esta tierra, se leía preciso: Ana Romero…


Me quedé pasmada, ¿Ana estaba realmente muerta?, taché la palabra mamá de la lista que la noche anterior había escrito sin sentido, después en el ordenador tecleé: “Tlacocotlpan”. 

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